Elegido


Tras la cena y como en cada noche de plenilunio me dirijo hacia la casa del adepto a quien las runas han marcado. Debido a  la oscuridad me pierdo, llego retrasado y la logia ya está reunida. Parecen tan altaneros por nuestra sagrada misión que me esfuerzo por esconder mi furia, mi frustración sin límites y mi desprecio.
Han degradado nuestras creencias y todo aquello que fuimos. El miedo y la vanidad, con los años, han horadado sus almas y los han convertido en títeres de su orgullo. Simulan seguir sin fe los arcanos ritos y, con las habituales trampas, me designan una vez más como el elegido.
Podría desenmascararlos, gritarles mi odio y, como un espejo, enfrentarlos con su terror. Sin embargo callo, no agotaré mis palabras en la imposible tarea de redimirlos. Me sé el último creyente y con un portazo emprendo el camino.
Me dirijo, sin otra luz que la luna, hacia esa, la que semeja una enorme colina. Me apuro para que no me sorprenda el amanecer y tropiezo con montículos de polvo, lajas que parecen escamas de piedras y huecos que doblan mis tobillos. Todo se confunde en mi mente, pues cada mes parecen estar en otro lugar.
Por fin encuentro la gruta sagrada como una boca aún más negra que la oscuridad que la rodea. No pienso tentar a la suerte encendiendo una antorcha para iluminarme, de modo que, ciego, empiezo mi designio de limpieza.
Tanteo las estalagmitas que parecen aguzados colmillos, los  cepillo con cuidado y, aunque el hedor de la carne corrupta me asquea, tiro fuera cada trozo que resta. Son las ofrendas debidas a ese dios poderoso. También encuentro el metal aplastado, las espadas herrumbradas y las lanzas carcomidas. Todo fuera ¡Fuera!, este es el recinto que cuido y debe estar limpio.
Un susurro de viento me paraliza asustado y me abrasa como si fuera el aliento del diablo. He terminado justo a tiempo, salgo despavorido con el alba que raya el horizonte y dos hogueras amarillas se encienden, somnolientas, como ojos que vigilan.
Cuando regreso, inmerso en la niebla de la mañana, en el camino me rebelo, rompo los cánones y miro, valiente, a mis espaldas. La colina despereza sus alas membranosas y la cola culebrea alta en el aire. Entre sus dientes de navaja se escapa y ruje el fuego sagrado de su pecho y la bestia divina echa a volar buscando su eterno alimento.
Carlos Caro
Paraná, 14 de julio de 2015
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El faro de la amargura


Yo vivía en el pueblo. En realidad era un conjunto de edificios que se amontonaban junto a un mar frío, tranquilo y alejado. Más que de agua parecía de plomo líquido que, de tan pesado, con desgano, formaba algunas ondas.
Había logrado huir de él en mi adolescencia, pero el “por favor” del abuelo me trajo de nuevo para ayudarlo en su casa de comidas. No entiendo ni siquiera la mera existencia de este lugar. En bahía Desierta, no hay pesca ni turistas, solo viejas casas deslucidas por el tiempo que las va desmoronando sin piedad. Ladrillo por ladrillo, tabla por tabla y teja por teja.
Entre tanta desolación y, para variar ese destino, tomé el puesto de ayudante en el faro. Al caer el sol y ya atendidos los pocos clientes que comían en el negocio del abuelo, me abrigaba como para ir al polo y partía en mi motoneta hacia aquel faro. No estaba lejos, pero si se levantaba la niebla demoraba horas en llegar.
En general, cuando arribaba, ya lucía en lo alto su ojo de cíclope que, con una claridad cegadora, giraba vigilante sin descansar. La sirena sonaba, sonaba, sonaba, y me recibía en la casa de su base, mi empleador: Otto. Se las daba de antiguo navegante con su poblada barba gris y sus eternas botas de goma que lo contradecían, pues jamás habían tocado agua. En esas largas noches, me entretenían sus imaginarias historias náuticas y yo escondía, con disimulo, mis risas ante sus mentiras pues conocí a verdaderos marinos, esos que más allá de su lengua, convirtieron al mar en su patria y que, en tierra, caminaban como pisando huevos al faltarles la hamaca de sus olas.
Entre esas divagaciones, la sirena sonaba, sonaba, sonaba,  Otto me contó el origen del faro. Antes, un rico comerciante pasó en su yate por estas costas. Sin luna, lo atrapó la densa bruma que traían lo gélidos témpanos y que, traicioneros, se escondían tras ella. No pudo evitar la desgracia y, aunque él nadó aterido hasta salvarse, toda su familia se ahogó en el naufragio.
Semanas tardó en recuperar la salud, pero su mente quedó insana y repetía sin fin la tragedia. Decidió así evitarles a otros esa agonía y mandó construir el faro. No un faro común, que advirtiera con su luz, sino otro especial, al que dotó con una fuerte sirena que sería escuchada aún en las más oscuras y escondidas noches.
Cuando lo terminaron, regresó para ajustar el tono exacto del sonido que deseaba. Durante días y noches, cada treinta segundos, convirtió poco a poco a la sirena en su propio grito de congoja que, como homenaje, lloraría perpetuo su dolor.
Cuando ya llevaba unos seis meses en mi puesto, la voz de Otto cambió de pronto y, con temor, me dijo: —Será esta noche, ya es la fecha
— ¿La fecha de qué?, ¿qué será? — lo interrogué  sorprendido
—Nada, nada. Si mañana quieres irte como los anteriores ayudantes, no me opondré—  dijo misterioso
Tan sombrío era su rostro que esperé en silencio y expectante, oyendo acostumbrado a la sirena, sonar, sonar y sonar.
—Allí, allí están, ¿las ves? — me preguntó cómo si dudara  de su razón
Miré, y efectivamente cada giro de la luz mostraba diferentes estelas en el agua que se dirigían hacia nosotros.
—No sé por qué, pero parece que en esta fecha, el faro con su sonido las llama— trató de explicar Otto.
Mil preguntas se me ocurrieron, pero a todas olvidé cuando oí su coro. El estruendo de la sirena llamaba, llamaba, llamaba, y las sirenas contestaban con dolor. A veces muchas y otras solo alguna que, con una hermosa voz de soprano, elevaba su arrepentimiento hacia las estrellas. Alucinado, vi sus largas cabelleras, sus espléndidos pechos y presentí sus ocultas colas que pertenecían a Neptuno. Como Ulises, enloquecí. La sirena sonaba, sonaba, sonaba porfiada, y las sirenas, ahora hechiceras me convocaban.
Por la mañana imaginé que había sido un sueño. Sin embargo, Otto no estaba. Bajé los ochenta escalones, lo busqué en la casa y luego afuera. Tropecé asustado contra piedras y rocas, pedí ayuda en el pueblo y más tarde, encontramos sus botas solitarias y secas al borde del farallón.
Ha pasado mucho tiempo y desde entonces tomé como una obligación, su lugar en el faro. Algunos creyeron que se había marchado en silencio, aburrido del empleo, pero yo creo que me salvó y dejó que se lo llevaran en mi lugar.
Y la sirena llama, llama, llama…
Carlos Caro
Paraná, 28 de junio de 2015
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Sin sol


Otra vez…, otra vez gimo con desolación en este invierno que maldigo y que, hace días, opaca mis despertares. Ellos son tan preciosos porque supongo que se terminan y, con rebeldía cierro fuerte los ojos para creer en otro despertar distinto.
Imagino que hoy he visto al sol por la mañana y le he dejado me haga florecer bajo su calor. Lo recibo como a una sorpresa, como a un sueño olvidado, y aparta de mi mente esos cielos grises que, como una pátina sobre mi cuerpo, caen desechos por su brillo. Salgo para adorar su clemencia, pero la realidad del frío rompe la ilusión, me congela y escarcha mis brazos alzados que solo intentaban alabar su gloria.
El calor de la calefacción pretende emularlo, pero no creo su mentira y, enojado decido que mi mundo, de aquí en más, será en blanco y negro. No se rendirá de nuevo al melancólico gris. Será blanco, alegre y resplandeciente durante todo el día, aunque llueva y truene la tormenta. O se tornará negro si lo acompañan la luna y las estrellas, que como testigos, envidiarán mi romántico beso.
 Aprisionado tras la ventana, la fantasía me atrapa nuevamente y me lleva feliz a un mar caribeño. Ese donde enhebro sus islas en un rosario con el que cada tanto, cuando triste y enajenado, rezo agradecido.
Primero visito la pequeña Grenada. Con sus pobres edificios amontonados en un caótico arco iris y sus palmeras que cobijan unas playas de ensueño donde nado con máscara, snorkel y, donde me maravillo con los arrecifes de coral. Allí también persigo, sin alcanzar, los mil colores de las vidas que lo habitan y su sol me hace pagar, como ínfimo tributo, solo las ampollas de mi espalda enrojecida. En su chico puerto no caben más que botes y por eso extrañan el aeropuerto que podría haber sido su fortuna. Ese que la prepotente invasión americana clausuró, pero sin lograr ocultar la alegría de sus sonrisas.
Sigo con Martinica, donde contrasta la falta de arenas y donde encuentro el sello de esa Francia colonial. Sin embargo la contiene sin cadenas en su república y así, su habla gargosa y sus típicos negocios me hacen creer que estoy en algún lado de Paris.
  
Llego ávido a Las Islas Vírgenes, tanto americanas como inglesas. Su nombre evoca el refugio de su flora alucinada, el de su fauna arrolladora y el de sus playas doradas. Todos los islotes cuidan fieramente sus hábitats naturales mediante extensos parques protegidos. De lejos tuve que envidiar tanta belleza y me alejé de ellas triste al creer haber perdido nuevamente el paraíso.
 En Puerto Rico, me reencontré en mi casa. Allí se erigían, poderosas, las fortalezas españolas que custodiaron sus bahías del pirata inglés. Allí abracé con el idioma y el alma a sus habitantes que, extraviados por el oro del norte, sueñan algún día en confundirse con el Sur que los espera.
Presintiendo el regreso, en Curazao, por un momento pensé que me hallaba en Holanda con sus ordenados y clásicos edificios, pero al instante advertí que éstos estaban cautivados por el trópico exuberante y lucían desordenados los colores de los lejanos tulipanes. Con el orgullo de antiguos navegantes, hablan en papiamento, que mezcla al inglés con el holandés y el castellano, de modo que solo entendían una de cada tres de mis palabras y con gracia tuve que reemplazar a las otras con jocosas señas.
Por fin, la fantasía se agota y me devuelve, el rosario se termina entre mis dedos al rezar la Salve en mi habitación. Sin embargo, ese sorpresivo rayo que me ilumina troca en blancas a las nubes, celeste al cielo y mi ánimo canta… Canta enronquecido por la ilusión de ese mismo sol para mañana.
Carlos Caro
Paraná, 25 de junio de 2015 
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Esperanza de amor


Aunque las hojas marchitas por el tiempo caigan, siento una primavera en mi mente. Vuelvo a oír la misma canción, me aferro a tu talle y nos balanceamos al bailar como una goleta en medio del mar.
Sueño…, sueño los jazmines de tu cuello, el calor de mi mejilla y el abandono de tus brazos sobre mis hombros. Mi viejo corazón enloquece como entonces y se dispara al sentir el roce amado de tus pechos y el susurro de tu voz que me acaricia con un te quiero.
Perdido en una cálida penumbra, el huracán de la vida ruge, inútil, a mi alrededor mientras me refugio en ese centro tan tranquilo y tan íntimo que compartimos. En tu mirada encuentro como reflejo aquella juventud. Esa que hoy, tras decenas de años, de risas felices y de heridas olvidadas, puedo retomar.
Ya desechado, se han roto las cadenas y, libre de obligaciones, solo me someto al amor que de tan inmenso me sorprende y se derrama sobre vos y nuestra descendencia. He cumplido con la naturaleza y con la sociedad lo mejor que supe. De modo que lo hecho, hecho está.
Sin rencores ni lamentaciones vuelvo a ser esa pareja que, compañera y con los ojos entusiastas, emprende un nuevo futuro. No el que, afiebrado, esperaba impaciente recorrer hacia mis sueños, sino este que me encandila como el amanecer. Este, que cual umbral atravieso y que me sorprende con los mil caminos que escondía. Hollados ya mis anhelos, lento y encanecido, río divertido e indeciso al probar y retomar los diferentes senderos.
El final de la película se acerca, sentado en la butaca de un imaginario cine, veo en la pantalla que me alejo hacia ese típico destino lleno de luz. Tanta es, como el amor que nos une y en el que confío guíe a mi alma a través de los ocultos vericuetos para, al fin, refundirnos en el goce infinito de la eternidad.
Carlos Caro
Paraná, 23 de junio de 2015
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El duque y el Dr., Antología

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Les presento mi septima antología. Haciendo costumbre se corresponde con el blog que la sigue, al cual he reordenado para que quede en el mismo orden. Fueron escritos entre febreo de 2014 y abril de 2015. No es la primera vez que escribo los cuentos interactuando con compañeros, amigos y público, tanto en el Blog como en las redes.
Ha sido y, sigue siendo, una experiencia inigualable y tremendamente divertida. Creo que he mejorado, o por lo menos, puedo afirmar que algo he aprendido. Agradezco cada comentario, crítica o propuesta. Todos, de una u otra manera, me han enseñado algo y me han dado ideas desparejas.
Como es habitual, el link de descarga les deja un comprimido que con doble clic (como indica el nombre) da una carpeta con los dos formatos más usados de libros electrónicos y un PDF.
Carlos Caro

Relatos desparejos, antología

Portada relatos desparejos

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Les presento mi quinta antología. Haciendo costumbre se corresponde con el blog que la sigue, al cual he reordenado para que quede en el mismo orden. Fueron escritos entre octubre y diciembre de 2014. No es la primera vez que escribo los cuentos interactuando con compañeros, amigos y público, tanto en el Blog como en las redes.
Ha sido y, sigue siendo, una experiencia inigualable y tremendamente divertida. Creo que he mejorado, o por lo menos, puedo afirmar que algo he aprendido. Agradezco cada comentario, crítica o propuesta. Todos, de una u otra manera, me han enseñado algo y me han dado ideas desparejas.
Como es habitual, el link de descarga les deja un comprimido que con doble clic (como indica el nombre) da una carpeta con los dos formatos más usados de libros electrónicos y un PDF.
Carlos Caro

Celestino, el principio


Hoy al fin, le he dado alas al álbum y vuela. Sube… sube… y sube. Me pierdo en la niebla gris de la pantalla y recuerdo en cada bit sus fotos. Allí está Celestino, ese abuelo que no conocí, pero que ahora rescato. Con tiempo, armé su vida pieza a pieza en un rompecabezas que lo descubre, con sus luces y sus sombras, convertido por su encanto y por su propio esfuerzo en un bon vivant.
Siempre atildado, de impecable traje, de smoking (blanco o negro, según la estación) o de chaquet y chistera al entregar en matrimonio a una hija. Él me muestra un mundo de amigos fieles,  de lujos tranquilos, de reuniones sociales y de bailes memorables.
Mantenido por su hermana hasta terminar los estudios, huyó del Paraguay por un “problema de faldas”, contó mi tía con voz cómplice y con un edípico hilo de voz, y recaló en la ciudad de Montevideo, en el Uruguay. Como ella no agregó nada más, lo pienso perseguido por un iracundo padre ultrajado o una novia engañada con “la otra”. Con su título de bachiller mercantil, algo de dinero y una pluma sin descanso, logró abrirse camino en esa sociedad. Sus opiniones aparecían en diversos diarios de la época y su don de gentes lo rodeó de amistades.
Frecuentaba a políticos, artistas y poetas; pero galán al fin, prefería a las mujeres más jóvenes y bonitas. Pareció sentar cabeza al casarse con mi abuela, a la que sí conocí. Aunque ahora advierto y entiendo su aflicción, su luto sin enviudar y por qué ni en mi memoria ni en las fotografías aparecen sus sonrisas.
Entonces comienza la sucesión de imágenes. Se los ve en cenas elegantes, en las playas, en botes y en el casino de Carrasco. Al tiempo, asoma entre los retratos mi madre a la que llamó Flora, pensando en las junglas de su país y Elisa para que fuera la ayuda de Dios. Luego se escurre también la tía. A ella le dio el nombre de Gloria, por apasionada y de Ester, por aquella bíblica reina de Persia.
El comercio, finalmente, lo trajo a Paraná, en la Argentina. La ciudad se arrincona sobre el inmenso río que, en aquel tiempo sin puentes, dependía totalmente de ese camino de agua. Quiso la suerte, su pericia o las relaciones, que fuera el agente de la única empresa fluvial. Nada entraba o salía del puerto sin su venia, y ello lo hizo un referente entre sus pares.
 A sus hijas se las ve felices disfrazadas con guirnaldas de flores o, aunque esa foto falte, mi memoria recuerda a mi madre como una pequeña Josephine Baker. Negra por el betún, con ese rulo engominado sobre la frente y con aquel famoso traje de plátanos, hizo reír entusiasta a su público bailoteando en el Teatro Municipal.
 Suben… suben sin pausa, y lo veo al abuelo gozar de su suerte. Alquila un piso del entonces famoso y moderno Palacio Bergoglio y erige lejos, una quinta para descansar los fines de semana. Fútil intento, pues la vida lo lleva y lo trae ocupado, de la oficina a esa quinta, que será su hogar.
 
Su molde y arquitectura es su Paraguay querido. La llena de verdes, de flores y de cántaros. Las hamacas entretejidas filtran el aire fresco y al abrazar al durmiente no lo dejan caer. Las vigas de su techo son palmas paraguayas y sus tejas son hechas una a una sobre el muslo de un lejano alfarero guaraní. Sus interiores, como aquellos de las misiones jesuitas, no muestran puertas sino simples cortinas. La completan un horno de barro, un aljibe y una dependencia para alojar a parientes y amigos.
No suben… no, se traban. Ahora sí, continúan…, pero se ha nublado el sol. La guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia es un desastre que parece sosegar a las fotos y arrastra su fortuna en auxilio de su patria. Tal ha sido su ayuda, que el comandante de las fuerzas paraguayas lo condecora tras la firma de la paz, y esa foto sube…, sube orgullosa arrastrando a las demás como cuentas de un collar.
Ahora se ven los novios. Parecen muy serios en traje civil, pero mentirosos, solo lo hacen para posar. Las visitas eran de uniforme y a caballo. Parecían elegantes centauros, llenos de cueros y bronces brillantes, de botas espejadas y monturas inglesas. Debían lucir espléndidos para convencer a Don  Celestino de entregar a sus hijas a esos pobres candidatos de la casta militar, siendo aún tan pocos sus galones.
La tía, en una foto pintada a mano, revela tan rojas las mejillas que parecen arder, y simula ser un sol en su boda. El abuelo, feliz, “tira la casa por la ventana” y la fiesta con amigos de los tres países recorridos, está llena de anécdotas y de bailes, de bebidas y de risas en la quinta.
Preocupado por sus empleados y, aunque las leyes no lo exigían, durante años les otorgó bonos anuales y ayudas suplementarias sin papeles que lo respaldaran. Sin embargo, al ser cubiertas estas demandas por el estado, siguió actuando como antes y algunos aprovecharon para delatarlo. Al darse cuenta de su error, el oprobio y no el dinero que debió pagar dos veces lo tentó al suicidio. Entonces lo vigilaba con miedo y en silencio mi madre.
Triste, repaso el accidente que sacó al abuelo del álbum. Había sido un hombre de barcos y de trenes, pero la modernidad lo llevó al avión. Éste cayó enredado en cables de luz a poco de despegar y en el incendio no sobrevivió. En mi mano izquierda luzco su anillo con un ónix partido en aquel momento. Lo llevo, así como a su nombre, para recordar a ese antecesor olvidado. Siento alivio cuando se reanuda el ascenso, pero afligido por aquel duelo, veo pasar las fotos del casamiento agridulce y resignado de mis padres en Buenos Aires.
Fin, fin, fin… Respiro desahogado. Ahora su rostro e historia están en ese cielo electrónico que nos envuelve y podrá ser visto por su descendencia posiblemente durante siglos.
Pese a ello, no me conformo. Solo quedamos de su estirpe, cenicientos, una blonda prima y yo. Por eso espero encontrar a  esas almas encarnadas entorno a él, aun las que no llevan su apellido, en aquel otro cielo. Ese donde la eternidad nos reunirá a todos de nuevo.
Carlos Caro
Paraná, 9 de julio de 2015
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Mutilado


Nunca imaginé que me costaría tanto abandonar esta morada, la misma que fue el hogar de mis mayores. Esta pesadumbre me abate y, en mi tristeza ya ni sé que atuendos me llevaré. Perdido, empaco pesados ropajes de invierno junto a coloridas ropas de baño y miro con estupor esa valija abierta sobre la cama. Aunque enorme, me parece pequeña para llevar en ella toda una vida de vestimentas.
 No he querido abrir las cortinas y, pese a que el sol se escurre entre sus frunces, le digo adiós al dormitorio. En su penumbra vuelvo encontrar las sombras de mis padres entre los rincones y los recuerdo. Sí, los revivo con un deseo loco: quiero que me consuelen como antaño y que me abracen sus espíritus.
 Al notar tu lado de la cama desocupado vuelvo a sufrir estos meses de discusiones, furias y razonamientos. Hasta que, vencido por los rescoldos de mi amor por vos, llegamos a un acuerdo. Me horroriza el solo pensar la soledad sin retorno de esta casa. Por eso la venderé y, aunque no corresponda, te proveeré de otra. Pero aun así, sentí el abandono con un asombro sombrío.
Ayer, te conociste tan libre y tan entusiasmada con tu aventura que, previsora, empacaste cada una de tus prendas, y ya ni siquiera te encontré esta mañana al despertar.
Rengo por su peso, dejo el equipaje junto a la escalera y recorro los demás dormitorios. Me despido de ellos con añoranzas mientras mis pasos resuenan en el entablonado de sus pisos. La lejanía de mi memoria rescata como apagados murmullos las risas y los juegos con mi hermano. También, aquellos divertidos combates fratricidas que terminaban en su mentiroso llanto, mediante el cual me acusaba con nuestra madre. Hoy, le perdono cualquier argucia de la niñez y, con alegría, le palmeo la espalda en ese cielo que habita.
 Cierro los ojos y, con desesperación, tapo con las manos mis oídos. Cercanas, me aturden las carcajadas de mis hijos que, aunque felizmente casados, porfío en recordar aquí. Aquí donde los he visto crecer, aquí donde los oí lloriquear, aquí… Aquí, en esta casa que es la suya y donde espero con disimulo sus visitas. Esas que se perderán en el tiempo, al no estar para recibirlos.
Con los hombros gachos y desequilibrados por la valija que me esclaviza como una BlackBerry anillada a mi tobillo, me arrepiento de no haberlos prevenido. Pero, fue parte de nuestro acuerdo el separarnos sin avisar. Ay Catalina…, a lo que me ha obligado nuestra insania.
Pretendo desayunar, mas sin la electricidad y la heladera desocupada, no lo puedo hacer. Ni siquiera un té logro preparar ya que tampoco hay gas. Molesto, reviso esas alacenas expurgadas y, con una sensación de triunfo, me contento con tres galletitas que encuentro en el fondo de un frasco. Secas, las trago con un vaso de agua que, me extraña, aun corra olvidada.
    
Atravieso la puerta, la cierro, y el sonido de la cerradura se agiganta definitivo, como el de una losa al tapar una tumba. Un taxi me lleva al hotel mientras rememoro nuestro amor que, silencioso, se desperdició disipado, al igual que la efímera niebla de la mañana.
Mutilado en mi alma, no me importan los ojos del chofer que me espían desde el espejo y que, sin consuelo, me ven al fin llorar, llorar y…, llorar…
Carlos Caro
Paraná, 14 de junio de 2015 
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Vacaciones


Hoy recibí una carta de Manuel. Durante años intenté en vano reencontrarlo. Molesté a amigos mutuos que, al hacerlo, lo recordaban con un dejo de nostalgia, pero negaban con su cabeza. Insistí, con diferentes variantes, persiguiéndolo con el buscador de Facebook. Aunque sabía de su rechazo por las relaciones en la red, pensé que la vejez lo habría arrinconado en la soledad y, sin desfallecer, lo buscaba entre los amigos comunes de mis nuevas amistades.
Al revisar el sobre, como una reliquia del pasado, se me escapa una sonrisa al advertir su porfía. Lo siento como un regalo largamente esperado y me entretengo dándole vueltas sin atreverme a abrirlo. Ese estuche de papel rejuvenece entre mis manos y perdido en su blancura lo vuelvo a ver en aquellas vacaciones.
Aburridos de veranear con las familias, decidimos realizar un viaje al noroeste del país. Escasos de dinero, partimos de madrugada en su motocicleta y el amanecer nos confirmó que la ruta era la acertada. Sin carteles indicadores dependíamos de un precario plano de caminos y de mi mágico sentido de la orientación (nunca le confesé de la pequeña brújula que escondía en el bolsillo).
Entre la ida y la vuelta eran más de dos mil kilómetros que fatigaríamos en apenas quince días, pero ya se sabe: la juventud  es tan loca como omnipotente. Nos sentíamos un caracol sobre el asfalto, no solo porque la cantidad de bártulos nos hacía parecer como si lleváramos la casa cuestas, sino que la ansiedad alargaba la distancia y, engañados como lentos, no terminábamos nunca de recorrerla.
Las noches se hicieron frías en la carpa, y a los días lo fue resquebrajando el sol con su potencia tropical. Primero llegamos a la ciudad de Salta, que nos sorprendió por sus bellos y cuidados edificios coloniales, así como por las profundas diferencias en su sociedad. En contraste con el resto del país, el norte recibió escasos inmigrantes, de modo que pocas familias, tan antiguas como la iglesia católica en América, formaban con ésta un extraño patriciado que defendía fieramente sus feudos y privilegios.
Con los Andes al oeste y la llanura  chaqueña al este, esta provincia posee todos los climas, todas las faunas y todas las floras. Seguimos subiendo en el mapa hasta alcanzar el hito que marca el trópico de Capricornio.
Miramos desde allí el tupido monte que, como muralla, y junto a los “Infernales” del general Güemes, defendieron la frontera con el Alto Perú durante la emancipación. Un escalofrío nos recorrió la espalda al imaginar, como un eco del pasado, las cargas suicidas de aquellos valientes gauchos.
Sus cabalgaduras, provistas de guardamontes de duro cuero parecían tener las alas de “Pegasos” autóctonos. Sus  jinetes, alienados por el frenesí del combate, atravesaban esa barrera de espinas para caer aullando como demonios sobre el contrario. Sembraban muerte y desaparecían cual fantasmas entre nubes de polvo. Una y otra vez, sin descanso ni tregua, hasta que el oponente huía despavorido pensando eran los hijos del diablo que salían desde el mismo infierno.
Nos dispusimos a seguir al oeste en un silencio respetuoso por el gran General. Ese, que consciente de ser hemofílico fue siempre al frente y terminó desangrado y muerto por el roce certero de una bala asesina.
Debimos reemplazar nuestra carga por litros y más litros de agua antes de atravesar las Salinas Grandes. Esa inmensidad lúcida de sal, cegó nuestros ojos y su aliento alienígeno nos deshidrataba sin piedad. El horizonte reverberaba y hasta nos pareció ver algún espejismo de verdes. En ese trance, dudamos que hubiera sido un increíble y arcaico mar, pero el regusto salado en la boca nos lo confirmaba.
Al fin, el desierto inmaculado se tornó en la aridez de un desierto polvoriento ya en la provincia de Jujuy. Sin embargo, al llegar a Humahuaca nos sorprendió el arco iris. Éste no estaba en el cielo sino en las capas de tierra que, con diferentes colores, exhibían las laderas de la quebrada. Pese a su aspereza, esa tierra proveía el sustento diario, y por eso nos contagió el misticismo de los indígenas por ella. La llamaban Pachamama y era la Madre Tierra, que omnímoda, regía sus vidas. Nos alejamos atesorando un pequeño frasco que repetía, milagroso, las diferentes capas de colores y luego revivimos.
Sí, revivimos en Tucumán entre sus jardines. Custodiados por los Andes enormes se achicó el horizonte, y reencontramos aquel arco iris en su flora alucinada, en sus plantaciones interminables de cañas de azúcar y en los alegres ropajes de sus mujeres.
 Apremiados por el tiempo, emprendimos el regreso. Tristes, habíamos dejado en cada lugar con trozo de corazón. El recuerdo de esa congoja compartida me golpea, y retorno a mi hoy con añoranzas.
El remitente indica no solo su nombre, también la dirección de una clínica y un número de habitación. Quizás en estos breves instantes demoré aquellos quince días en leer el escrito. Al hacerlo, envejezco todo este tiempo de lejanía y su relato me conmueve y me espanta.
Mañana…, mañana partiré a sostener su mano y a devolverle mi afecto en el adiós. Juntos y compañeros, enfrentaremos a esa villana. Desesperado por retenerlo, con desdén, le haré un desquiciado desafío al mirarla directamente a los ojos mientras que, triunfante y despiadada, se lo lleva.
Carlos Caro
Paraná, 9 de junio de 2015
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Pasión de atardecer


Soy parte de una tribu perdida, sometido como aquellas de Israel. Sin tierra prometida, no tengo más guía que mis sueños, mis anhelos y mi corazón. Anclado a la mesa miro el jardín y la fantasía me lleva a recorrer el mundo, como así también mi interior. En él reencontré a mi alma y en el orbe a otros que comparten esta locura, esta fiebre que no cesa y estas ansias que me consumen.
Mi instinto me lleva a divagar sin ni siquiera conocer la dirección ni los motivos, por eso me someto a la guía de maestros  y a los consejos de amigos. Sus visiones distintas, aun las sutiles o sin ciencias, me sorprenden y castigan mi vanidad. Me muestran tan diferentes puntos de vista que, maravillado, me obligan a la humildad.
Los recorro como si fueran versiones paralelas, divergentes o, como un brote inesperado, que crece desde el tronco que he plantado. Las reflexiones consecuentes a veces me aturden, otras, me confunden, pero siempre me enseñan.
Nunca imaginé un epílogo como este para mi vida. Ella se fundamentó en el cariño y en el dolor, en la pericia y en el oro. ¿Cómo pensar que el desastre me haría recalar en esta tranquila costa? Tuve que atravesar el desánimo, la alienación y la pesadumbre para llegar aquí.
Me creí perdido, terminado, y que mi futuro sería una lenta agonía que se iría apagando como una vela sin despabilar. Sin embargo, afectos cercanos rescataron mi mente y me impulsaron a este renacer.
Ahora vago feliz entre diferentes soportes, sin esperar nada del papel. Puedo expresar al fin lo que nunca pude decir. Puedo olvidar la timidez de mi lengua y superar las limitaciones que, inútiles, creen ser los barrotes de mi prisión.
El pasado yace pisado. Inconsciente, lo he expurgado de lo malo y, con un brillo cegador, recuerdo solo lo bueno. En él, abrevo como si hubiera durado eones de tiempo y lo reflejo en mil cuentos. Esos, que al son de la musa, escribo con desespero y obnubilado, tanto de noche como de día.
Esta pasión, como aquella del amor, hace resplandecer cada momento postrero, y siento que así, ambas, explican aún mi presencia.
Carlos Caro
Paraná, 6 de junio de 2015
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